La bebida de cada noche

El doctor Reyes me administró el antídoto bajo control médico, en una sala tranquila donde cada detalle estaba medido. Me explicó la dosis, los posibles efectos y el seguimiento que haría durante las horas siguientes, sin prometerme un milagro inmediato. Yo me recosté, respiré despacio y dejé que el personal controlara mi pulso, mi presión y mi estado general. Al principio solo sentí cansancio, como si el cuerpo necesitara soltar una tensión acumulada durante meses. Después, poco a poco, noté que los pensamientos se ordenaban con menos esfuerzo y que las palabras acudían sin tanto miedo.

La recuperación fue gradual, no instantánea, y Reyes me pidió paciencia mientras mi memoria volvía a encontrar sus caminos. Cada día repasaba listas, fechas y rostros, y anotaba en un cuaderno lo que recordaba sin ayuda. Algunas imágenes regresaban completas, otras tardaban más, pero la dirección era clara: yo dejaba de perder terreno. Dormía mejor, me concentraba durante más tiempo y volvía a disfrutar de la lectura sin releer la misma página una y otra vez. El miedo, que se había instalado en mis noches, empezó a perder fuerza frente a una evidencia sencilla: yo seguía siendo yo.

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