La bebida de cada noche

Luego intenté un ejercicio más preciso, el que siempre me había parecido natural. Repasé mentalmente la lista de mis primeros alumnos, sus rostros, sus risas y sus cuadernos abiertos sobre los pupitres. Algunos nombres acudieron con facilidad, como si estuvieran guardados en un lugar iluminado de mi memoria. Otros tardaron un poco más, pero terminaron apareciendo tras un esfuerzo breve. Yo respiré aliviada y pensé que, quizá, el miedo me estaba jugando una mala pasada. Sin embargo, cuando llegué al primer nombre, al que siempre había recordado sin dudar, la imagen se quedó incompleta. Esa misma tarde intenté recordar el nombre de mi primera alumna y, por primera vez, no lo conseguí.Parte 13. Su propia bebida

En un segundo registro, la policía consiguió abrir la caja fuerte del despacho de Esteban Marín, y dentro encontró, junto al archivo original, el antídoto que podía revertir el daño del compuesto. La noticia me llegó cuando ya casi había perdido la cuenta de las horas, y sentí que el aire volvía a mi pecho. No era solo un frasco: Esteban había guardado la solución mientras el daño avanzaba. El hallazgo quedó bajo custodia para entregarlo al doctor Reyes. Yo lloré en silencio, porque por primera vez el plazo dejaba de ser una condena.

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