Reyes me habló con una honestidad que agradecí, aunque sus palabras me dolieron. Me advirtió que el efecto podía volverse permanente si no recibía el antídoto en un plazo de cuarenta y ocho horas. No era una amenaza, sino un límite médico que debíamos tomar en serio, y me pidió que descansara, que evitara esfuerzos y que registrara cualquier olvido nuevo. Yo asentí, pero por dentro contaba las horas como si fueran gotas, una tras otra, sin poder detenerlas. Mi abogado presionó a la policía para un segundo registro, mientras Reyes preparaba pruebas de memoria y controles para medir mi deterioro. El tiempo, que antes me parecía abstracto, se volvió una presencia física.
Esa tarde regresé a casa con una carpeta de ejercicios y una sensación extraña de irrealidad. Me senté junto a la ventana, abrí un cuaderno viejo y traté de reconstruir mi primera clase con detalles concretos. Recordaba el olor a tiza, el ruido de las sillas, la luz que entraba por las ventanas de la escuela y el murmullo de los niños al comenzar la mañana. Recordaba mi blusa azul, el cuaderno contra el pecho y la ilusión de enseñar a leer a quienes apenas sabían sostener un lápiz. Eran imágenes vívidas, casi táctiles, y por eso me aferré a ellas como si pudieran sostener todo lo demás.