En el despacho de Esteban, los agentes encontraron un espacio ordenado hasta el detalle, con informes encuadernados y una caja fuerte empotrada que no pudieron abrir en ese primer registro. Esteban, según me contó mi abogado, no mostró sorpresa ni nerviosismo, y se limitó a decir que todo el material respondía a un estudio autorizado. Su calma me recordó a la de Isabel, esa serenidad aprendida que usaban para que lo ilegal pareciera científico. Yo imaginé aquella caja fuerte cerrada y pensé que, dentro, podía estar tanto el archivo original como la respuesta que necesitaba. Esa imagen no me dejó tranquila durante horas.
Los agentes buscaron el antídoto en el laboratorio, en los despachos y en las zonas de almacenamiento, pero no lo encontraron. Revisaron neveras, cajas de seguridad y registros de entrada y salida, y cada búsqueda terminaba con la misma respuesta negativa. El doctor Reyes me explicó que el compuesto no era un veneno común y que su efecto no se detenía simplemente dejando de tomarlo. El daño acumulado necesitaba una sustancia específica, diseñada para revertir el patrón que el compuesto había alterado. Sin ella, mi memoria seguiría debilitándose, aunque ya nadie me preparara una bebida por la noche.