La policía registró el instituto con una orden judicial y con el apoyo de los informes que Daniel había entregado. Entraron en despachos silenciosos, abrieron armarios metálicos y revisaron ordenadores, carpetas y cajas etiquetadas con códigos. Encontraron expedientes de otras personas mayores, muchas de ellas solas, con historiales médicos, anotaciones sobre su memoria y fechas de seguimiento. También hallaron informes de dosis, firmados y archivados con una precisión que me resultó aterradora, porque demostraba que nada había sido improvisado. Cada documento confirmaba que el estudio seguía vivo, aunque se presentara como un proyecto archivado.
Entre los papeles aparecieron contratos de reclutamiento, pagos mensuales y cartas en las que se hablaba de participantes ideales y de fases finales. Algunos nombres estaban abreviados, pero las edades, los antecedentes y las notas sobre la memoria dejaban claro que no era un caso aislado. Yo pensé en esas personas, en sus casas, en sus rutinas, y me pregunté cuántas habrían notado un cansancio extraño sin entender su causa. La investigación, que había empezado con mi bebida, se abría ahora como una red mucho más amplia. Sin embargo, entre todo aquel material, faltaba lo más urgente para mí.