La bebida de cada noche

Desde su detención, Daniel decidió colaborar con la policía, y la noticia me llegó por mi abogado en una mañana gris y silenciosa. No era una confesión impulsiva, sino una decisión calculada, nacida del miedo a una condena mayor y de una culpa que ya no podía esconder. Daniel entregó contraseñas, explicó cómo recibía las instrucciones y describió la cadena de órdenes que había seguido durante meses. Yo escuché el informe sin interrumpir, porque no quería que la compasión se mezclara con la justicia. Colaborar no borraba lo que me había dado cada noche, pero podía abrir una puerta que Isabel había mantenido cerrada.

Lo más importante de su declaración fue el nombre que llevaba meses oculto detrás del instituto. Daniel reveló que Esteban Marín, antiguo profesor vinculado al estudio de la escuela, dirigía el instituto y guardaba el archivo original con el patrón de mi memoria. No era un directivo lejano, sino alguien que conocía el proyecto desde sus orígenes, cuando las maestras eran observadas sin saber hasta dónde llegaría el estudio. Esteban, según Daniel, controlaba qué informes se guardaban, qué dosis se autorizaban y qué participantes seguían siendo útiles. Yo sentí un escalofrío al comprender que mi historia no había empezado con mi boda, sino más de treinta años atrás.

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