Teresa abrió los ojos.
Durante unos segundos siguió fingiendo.
Mariana esperó.
—Creo que ya podemos ahorrarnos el teatro.
Teresa se incorporó de golpe.
Sin dificultad.
Sin parálisis.
—¿Desde cuándo me grabas?
Su voz era perfectamente clara.
Mariana sintió una mezcla de rabia y alivio.
—Lo suficiente.
Teresa se puso de pie.
—¡Esto es una invasión a mi privacidad!
—Eso lo decidirá quien tenga que decidirlo. Mi abogada ya tiene copia de todo.
La seguridad desapareció del rostro de Teresa.
—¿Abogada?
—Sí.
Mariana tomó aire.
—Usted tiene su propio departamento. Nunca renunció a él, nunca lo vendió y no depende económicamente de nosotros. Así que quiero que recoja sus cosas y se vaya hoy.
Teresa apretó la mandíbula.
—Rodrigo no va a permitir que me eches.
—Rodrigo tiene problemas más importantes.
La mujer la observó unos segundos.
Entonces comprendió.
—También lo grabaste a él.