Mariana no respondió.
No hacía falta.
Teresa se llevó una mano a la boca.
—Mira, Mariana… las cosas no son como parecen.
Mariana soltó una risa seca.
—Durante semanas le limpié el cuerpo. Le cambié pañales. Dejé de dormir. Pensé que podía morir si no entraba a su cuarto cuando gemía. Usted se levantaba después, preparaba comida y se reía de mí por teléfono.
Teresa bajó la mirada.
—Rodrigo me dijo que…
—No.
Mariana levantó una mano.
—No convierta esto en culpa de su hijo. Usted es una mujer adulta. Eligió hacerlo.
Por primera vez, Teresa no tuvo respuesta.
Una hora después salió con dos maletas.
Antes de cruzar la puerta se volvió.
—Estás destruyendo a tu familia.
Mariana la miró directamente.
—No. Solo descubrí quién la había destruido antes que yo.
Cerró la puerta.
Y entonces lloró.
No mucho.