Cinco minutos, quizá diez.
Lloró por todas las noches sin dormir, por las veces que había dudado de sí misma, por el cuarto de bebé que había convertido en habitación de hospital, por el hombre con quien creyó que tendría hijos.
Después se lavó la cara.
Todavía faltaba Rodrigo.
Regresó alrededor de las ocho de la noche cargando una hielera y dos bolsas.
—¡Mari! Mira lo que trajimos.
Entró sonriendo.
La sonrisa desapareció cuando vio el dormitorio de su madre vacío.
—¿Dónde está mi mamá?
—En su casa, supongo.
Rodrigo palideció.
—¿Qué hiciste?
—Descubrí que camina bastante bien.
El silencio fue inmediato.
Rodrigo no preguntó qué significaba aquello.
Lo entendió.
—Mariana…
—Siéntate.
—Déjame explicar.
—Primero siéntate.
Rodrigo obedeció.
Mariana puso frente a él una carpeta.
Dentro había copias de documentos bancarios, la escritura y una carta preparada por Lucía.