Todavía le faltaba una pieza.
Rodrigo últimamente decía que algunos jueves tenía reuniones fuera de la oficina. Mariana recordó que un par de veces Teresa había olido un perfume femenino que no pertenecía a ninguna de las dos.
Al día siguiente instaló una cuarta cámara en su dormitorio.
La escondió detrás de un portarretratos con una fotografía de su boda.
Pasaron cuatro días sin nada extraño.
Hasta el jueves.
A las doce cuarenta y siete, Rodrigo entró al departamento.
No estaba solo.
Una mujer joven lo acompañaba.
Mariana la reconoció vagamente. Se llamaba Fernanda y trabajaba en la misma empresa que él.
Rodrigo cerró la puerta.
Fernanda lo besó.
Y ambos entraron directamente al dormitorio.
Mariana tuvo que apartar la vista unos segundos.
No lloró.
Lo que sintió fue peor.
Vacío.
Cuando volvió a mirar, los encontró acostados en la cama donde ella dormía cada noche.