La carta que no escribí

Me giré despacio, con la hoja rasgada todavía entre las manos, y vi a la enfermera de noche de pie en el umbral, mirándome con una calma que no me tranquilizó nada. Era Lucía, la enfermera del turno de noche, y su expresión no era de sorpresa, sino de alguien que ya sospechaba lo que iba a encontrar. Yo intenté hablar, pero las palabras se me atropellaron y solo pude señalar el sobre que seguía sobre la mesita. Ella dio un paso dentro de la habitación, cerró la puerta con suavidad y me miró como se mira a alguien a quien hay que decir una verdad difícil.

Lucía aseguró que no había entrado nadie, que a las 11:47 estaba en el puesto de enfermería y que no había ninguna visita registrada. Lo dijo con firmeza, casi como si recitara un informe, pero su voz tembló un poco al final, como si ella misma no terminara de creerse sus propias palabras. Le pregunté por la silueta sin bata, por los pasos en el pasillo, por el sobre que alguien había dejado sobre mi mesita. Ella negó con la cabeza y me repitió que a esa hora el pasillo estaba vacío y que las visitas habían terminado a las ocho. Su seguridad me asustó más que su duda.

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