La carta que no escribí

Al ver el sobre, Lucía palideció. No fue un cambio brusco, fue como si la sangre se le fuera despacio de la cara al reconocer el papel amarillento, los bordes gastados, la forma del sobre. Se acercó un poco más, sin tocarlo, y lo miró como se mira un objeto que pertenece a otro tiempo. Me dijo que ese papel coincidía con el archivo antiguo del hospital, con documentos que ya nadie consultaba y que se guardaban en un lugar apartado. Yo no entendía qué tenía que ver un archivo viejo con mi carta, pero su reacción me dejó claro que el sobre no era una broma ni un error.

Escondí la mitad rasgada bajo la almohada con un movimiento rápido, casi sin pensar, porque no quería que nadie me la quitara antes de entenderla. Lucía lo notó, estoy seguro, pero no me pidió que se la enseñara. En cambio, me preguntó por la silueta, por lo que me había dicho, por si había visto su cara o reconocido su voz. Le contesté la verdad: no le vi la cara, no llevaba bata, y solo recuerdo su susurro y el frío del papel entre mis manos. Ella escuchó en silencio, con los brazos cruzados, como si cada detalle encajara en un rompecabezas que ella ya conocía.

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