La carta que no escribí

Lucía me ordenó que no saliera al pasillo mientras revisaba mi pulso acelerado y anotaba algo que no me dejaba leer. Me tomó la muñeca con dedos firmes, contó en silencio y escribió en su carpeta con letra rápida, tapando la página con la mano. Le pregunté qué estaba escribiendo, qué había visto en mi pulso, si debía preocuparme, y ella me respondió solo que debía descansar y no agitarme antes de la operación. Su tono era profesional, pero sus ojos iban una y otra vez hacia el sobre, como si el papel tirara de su atención más que yo.

Intenté insistir, le dije que no podía descansar con una carta escrita por mí hacía tres años y con una persona que entraba en mi habitación sin dejar registro. Lucía se quedó un momento en silencio, mirando hacia la puerta cerrada, como si calculara qué podía decirme y qué debía callar. Me habló entonces del hospital de noche, de los turnos largos, de las habitaciones que guardan historias que no aparecen en los informes. No me dio nombres, no me dio fechas, pero su forma de hablar me hizo entender que mi noche no era la primera noche extraña de aquel edificio.

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