Antes de salir, Lucía me dijo que la habitación 214, al final del pasillo, llevaba tres años ocupada por una paciente que esa noche también había salido de su cama. Lo dijo en voz baja, casi como una confidencia, y yo sentí que el aire de la habitación se volvía más denso. Tres años. Otra vez ese número, otra vez ese tiempo que aparecía en mi carta y ahora en una habitación al final del pasillo. Le pregunté quién era esa paciente, por qué me lo contaba a mí, qué tenía que ver conmigo. Ella no me contestó directamente, solo me miró con una mezcla de pena y de advertencia.
Me quedé con esa información dándome vueltas en la cabeza, sin poder unir las piezas. ¿Una paciente que llevaba tres años en la 214? ¿Una paciente que esa noche también había salido de su cama, justo cuando alguien dejaba un sobre en mi mesita? No podía ser una casualidad, pero tampoco sabía cómo demostrarlo. Pensé en levantarme, en recorrer el pasillo en silencio, en asomarme a la puerta de la 214, pero recordé la orden de Lucía y el pitido acelerado del monitor. El miedo y la curiosidad tiraban de mí en direcciones opuestas, y yo estaba en medio, con una carta rota bajo la almohada.