La carta que no escribí

Lucía se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo y abrió su carpeta con manos que ya no temblaban. Buscó entre las hojas con cuidado, como si supiera exactamente dónde estaba lo que quería enseñarme, y sacó una foto antigua, un poco descolorida por los bordes. Me la tendió sin decir nada al principio, dejándome mirar, y yo sentí que el corazón se me paraba un instante. En la foto había un chico con una pulsera de hospital, sonriendo con una naturalidad que no reconocí en mí, y a su lado había una chica desconocida. La chica sostenía el mismo sobre amarillento que ahora estaba sobre mi mesita, y yo comprendí, con un frío que me recorrió entero, que no recordaba ni el día ni a la chica de la foto.Parte 4. Ana, habitación 214

No pude dormir. Después de que Lucía salió, me quedé mirando el techo con los ojos muy abiertos, escuchando el sonido de las máquinas y el eco de sus palabras sobre la habitación 214. La foto antigua seguía ardiendo en mi memoria: mi sonrisa junto a una chica que no reconocía, un sobre amarillento en sus manos, una pulsera de hospital en mi muñeca. Intenté buscar en mi cabeza algún recuerdo de ese día, alguna imagen, algún nombre, pero solo encontré un vacío limpio, como si alguien hubiera arrancado una página entera de mi vida. Ese vacío me daba más miedo que la operación.

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