La carta que no escribí

Abrí mi cuaderno pequeño buscando una explicación, pasando las páginas despacio con dedos temblorosos. Había notas sueltas, frases que sí recordaba haber escrito, listas, dibujos torpes, y de pronto, entre las páginas, encontré una frase repetida con mi letra que no recordaba haber escrito: Ana, habitación 214, no me olvides. La leí varias veces, en voz baja, como si repetirla pudiera devolverme el momento en que la escribí. No me devolvió nada. Solo sentí un nudo en la garganta y una certeza extraña: esa frase era importante, aunque yo no supiera por qué.

Entre las hojas había también una pulsera de hospital con el nombre Ana y una fecha de hace tres años. La saqué con cuidado, la sostuve entre los dedos y leí el nombre una y otra vez, como si las letras pudieran cambiar. Ana. Un nombre corto, sencillo, que sin embargo me pesaba como si llevara años guardado en algún lugar de mi pecho. La pulsera estaba un poco gastada, con los bordes suaves de tanto uso, y me pregunté de quién era, por qué estaba entre mis páginas, por qué yo guardaba algo que pertenecía a otra persona. No tenía respuestas, pero tampoco podía soltarla.

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