Al tocarla, me llegó un destello incompleto de lluvia, de un frenazo y de una risa que no sabía dónde había oído. No fue un recuerdo claro, fue más bien una sensación: el ruido del agua golpeando algo, un sonido brusco que me hizo encogerme, y después una risa que me resultaba familiar sin que pudiera ponerle cara. Cerré los ojos e intenté retener ese destello, estirarlo, convertirlo en una imagen completa, pero se deshizo entre mis dedos como humo. Cuando abrí los ojos, la habitación seguía igual, la lámpara seguía encendida, y yo seguía sin saber quién era Ana.
Me pregunté si Ana era la chica de la foto, si era la silueta de la puerta, si era la paciente de la habitación 214 que esa noche también había salido de su cama. Todo encajaba y nada encajaba al mismo tiempo, porque cada pieza venía de un lugar distinto y ninguna tenía un recuerdo mío que la sostuviera. Pensé en mi madre y en su lágrima, en mi padre y en su silencio, en Lucía y en su carpeta, y sentí que todos sabían algo que yo no sabía. ¿Por qué nadie me había hablado nunca de Ana? ¿Por qué su nombre estaba escrito en mi cuaderno como una súplica?