La carta que no escribí

Cuando intenté levantarme para ir a la 214, el monitor pitó con fuerza. El sonido me sobresaltó, me apoyé en el borde de la cama y sentí un mareo breve que me obligó a sentarme de nuevo. Antes de que pudiera intentarlo otra vez, la puerta se abrió y Lucía entró con paso rápido, sin llamar, y me devolvió a la cama con una advertencia que sonaba más a súplica que a orden. Me dijo que no debía levantarme, que mi cuerpo no estaba preparado, que el pasillo de noche no era un lugar para mí. Pero en su voz había algo más que preocupación profesional: había miedo.

Le pregunté directamente por Ana, por la habitación 214, por la pulsera que tenía en la mano. Lucía miró la pulsera y apartó la vista, como si el nombre escrito en ella le doliera. Me pidió que la guardara, que no la enseñara a nadie, que descansara hasta el amanecer. Yo le dije que no podía descansar con un nombre que no recordaba y una carta rota bajo la almohada. Ella se sentó un momento al borde de la cama, bajó la voz y me habló como se habla a alguien a quien se quiere proteger sin poder decirle toda la verdad.

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