Lucía me contó que la habitación 214 no era una habitación cualquiera, que llevaba años siendo un lugar aparte dentro del hospital, un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido. No me dio detalles médicos, no me habló de informes, solo me dijo que la paciente de esa habitación había esperado mucho tiempo y que esa noche, como yo, tampoco podía dormir. Sus palabras me dejaron una imagen difícil de apartar: una chica en una cama al final del pasillo, despierta, pensando en alguien que no la recordaba. Sentí una culpa que no entendía, una culpa sin recuerdo, y eso me asustó todavía más.
Intenté que Lucía me dijera más, le pregunté si Ana me conocía, si yo la había visitado alguna vez, si la foto antigua era real. Ella me miró con una tristeza profunda y me dijo que algunas preguntas no debían hacerse en mitad de la noche, antes de una operación, cuando el cuerpo y la mente están al límite. Pero yo ya no podía retroceder: el nombre Ana estaba en mi cuaderno, en una pulsera, en una foto, y posiblemente en la puerta de mi habitación. Guardé la pulsera en la palma de la mano, cerré los dedos sobre ella y sentí su borde gastado contra mi piel.