Mi madre entró poco después, con los pasos cortos de quien ya ha ensayado lo que va a decir y teme decirlo mal. Se sentó junto a la cama, me tomó la mano y me rogó que dejara marchar a Ana para proteger mi salud, como si el cariño pudiera medirse por la distancia. Me dijo que ya había sufrido bastante, que el cuerpo necesitaba calma y que un encuentro así podía abrir de nuevo una herida que los médicos acababan de cerrar. La escuché sin interrumpirla, porque su miedo era sincero, pero también era el mismo que durante tres años nos había mantenido en silencio. Cuando terminó, le apreté la mano y le dije que entendía su temor, aunque no pudiera obedecerlo sin traicionarme.
Mi padre llegó detrás de ella, se quedó de pie a los pies de la cama y guardó silencio con esas manos ásperas que se abrían y se cerraban despacio. No repitió la frase de siempre, ni intentó consolarme con una orden disfrazada de consejo, y eso me hizo prestarle más atención que nunca. Me miró a los ojos y me dijo que esta vez la elección debía ser solo mía, porque él ya había elegido por mí cuando rasgó la carta. Reconoció que lo hizo para protegerme, pero también que esa protección me había dejado solo frente a una verdad que no era mía. Su voz tembló apenas, y sentí que, por primera vez, mi padre no me pedía que fuera fuerte, sino que fuera libre.