El médico pasó más tarde a revisar el monitor y a comprobar que mi respiración seguía tranquila después de un día tan largo. Le pregunté si hablar con Ana podía dañarme, y me respondió con la calma de quien no quiere asustarme ni engañarme. Me explicó que el esfuerzo emocional no exigía otra operación, pero sí descanso, calma y la prudencia de no convertir un encuentro en una prueba. Me pidió que no corriera, que no forzara recuerdos y que volviera a la habitación si el pecho me apretaba demasiado. Asentí porque su advertencia era razonable, y porque la calma que me pedía no era lo mismo que la huida que me pedía mi madre.
Cuando todos se marcharon, abrí el cuaderno pequeño y escribí el plan exacto para el amanecer. Escribí que guardaría la pulsera antigua y llevaría la carta nueva en el bolsillo, doblada con cuidado. Escribí que le diría la verdad en el jardín, que no la recordaba como antes y que quería conocerla despacio, con un café y una conversación. No le pediría que se quedara por lástima, y aceptaría su respuesta aunque fuera marcharse, porque una elección solo era mía si también podía perder. Releí el plan y me pareció menos una lista y más una forma de sostenerme cuando llegara el momento. Toqué la pulsera antigua y pensé en la habitación 214, en el pasillo y en el banco vacío que nos esperaba al amanecer.