No sentí la euforia de haber recuperado algo, sino una calma extraña, como si por fin hubiera dejado de correr detrás de un recuerdo. Apagué la luz de la mesita, dejé el cuaderno abierto sobre la cama y cerré los ojos sin buscar respuestas en el techo. Me dormí con la carta nueva bajo la almohada y el plan escrito en el cuaderno. El reloj de la pared seguía su marcha, los pasos del pasillo se hicieron escasos y la habitación quedó en la penumbra amarillenta que ya conocía. Dormí sin la pregunta que me había atormentado la primera noche, porque ya no me preguntaba quién sería al despertar, sino qué haría con el día que tenía delante. A medianoche, Lucía entró y me dejó una nota en la que Ana había adelantado su traslado a las seis de la mañana, de modo que si quería verla en el jardín tendría que llegar antes de que amaneciera del todo.Parte 12. El banco vacío
La carta que no escribí