La carta que no escribí

Me levanté antes del amanecer con ayuda de mi padre, que ya estaba despierto y vestido cuando entré en el pasillo con la carta nueva en el bolsillo. No hablamos mucho, porque el hospital dormía y porque las palabras, a aquella hora, parecían hacer más ruido que los pasos. Mi padre me sostuvo por el brazo con firmeza, sin apretar demasiado, y yo avancé despacio, midiendo cada paso para no cansar el pecho. Llevaba la pulsera antigua en la mano, no en la muñeca, porque quería mirarla antes de decidir dónde debía estar, y la carta nueva pesaba en el bolsillo como una promesa pequeña y real.

El pasillo estaba en silencio y la luz fría del techo se reflejaba en el suelo limpio, como si la noche todavía no hubiera terminado de irse. Pasamos junto a la habitación 214, con la puerta cerrada y sin ningún ruido detrás, y sentí un nudo en la garganta al pensar que Ana ya no estaba allí. Mi padre no me detuvo ni me preguntó nada, y yo le agradecí ese silencio, porque no habría sabido explicar lo que sentía sin convertirlo en una excusa. Seguimos hacia la salida del jardín, y cada puerta que dejábamos atrás parecía empujarme a seguir adelante, aunque no supiera qué encontraría al final.

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