La carta que no escribí

Cuando salimos al jardín, el cielo todavía estaba oscuro y el aire frío me golpeó la cara con un olor a tierra mojada y a hojas. Las farolas dibujaban círculos amarillos sobre el camino, y a lo lejos se oía el rumor apagado de la ciudad que aún no había despertado. Mi padre aflojó un poco el brazo, como si quisiera dejarme caminar solo los últimos metros, y yo avancé hacia el banco con el corazón latiéndome en los oídos. No corrí, porque no podía, pero cada paso me pareció más largo que el anterior, y el banco fue creciendo ante mis ojos hasta convertirse en el único lugar del mundo.

El banco estaba vacío, y ese vacío me golpeó con más fuerza que cualquier noticia, porque yo había imaginado a Ana sentada allí, esperándome con la carta en las manos. Me acerqué despacio, toqué la madera fría y sentí que el jardín entero se quedaba quieto, como si también él estuviera esperando una respuesta. Mi padre se quedó un paso detrás de mí, sin intervenir, y yo busqué con la mirada entre los árboles, por si Ana se había levantado un momento o se había refugiado del frío. No había nadie, solo la niebla baja, el camino húmedo y el silencio que deja una persona cuando acaba de marcharse.

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