Sobre la madera quedaba solo una nota escrita deprisa, con la letra temblorosa de quien escribe sin sentarse y sin tiempo para pensar. La tomé con cuidado, porque el papel estaba húmedo por el rocío, y leí su mensaje sin necesidad de leerlo dos veces. Decía que me perdonara, que no podía verme olvidar su cara otra vez, y esas palabras me dolieron más que el vacío del banco. Comprendí entonces que Ana había estado allí, que había esperado hasta donde su valor le alcanzó y que se había marchado antes de que yo llegara. No era un rechazo frío, era el miedo de revivir la escena que ya había vivido una vez, y ese miedo me resultó dolorosamente familiar.
Me quedé mirando la nota, con la pulsera antigua apretada en la mano y la carta nueva todavía en el bolsillo, y sentí que el plan que había escrito con tanto cuidado se deshacía entre mis dedos. Había llegado antes del amanecer, pero no lo bastante antes, y esa diferencia de minutos me pareció una injusticia demasiado grande para un amanecer tan quieto. Mi padre me puso la mano en el hombro y no me dijo que todo saldría bien, porque ambos sabíamos que no podía prometerlo. Me sostuvo en silencio, y yo apoyé la frente en su hombro un instante, buscando en su presencia la calma que no encontraba en el jardín.