La carta que no escribí

Entonces miré hacia la entrada del hospital y oí el ruido de unas puertas que se abrían y de un coche que se preparaba para salir. El sonido llegó desde el otro lado del jardín, metálico y definitivo, y me hizo levantar la cabeza como si alguien hubiera pronunciado mi nombre. Mi padre siguió mi mirada y, sin preguntarme nada, me ayudó a girar hacia la entrada con la urgencia de quien entiende que aún queda una oportunidad. Avancé apoyado en él, con la nota de Ana en una mano y la pulsera en la otra, y el camino de vuelta se me hizo más corto, porque ya no caminaba hacia una espera, sino hacia una despedida.

A medida que nos acercábamos, el ruido se hizo más claro y distinguí el motor en marcha, unas voces bajas y el golpe suave de unas puertas traseras. El aire frío me cortaba la respiración, pero no me detuve, porque detenerme habría sido aceptar que Ana se marchaba sin haber escuchado mi verdad. Mi padre me sostuvo con más fuerza cuando el suelo se hizo irregular, y yo apreté la carta nueva en el bolsillo, como si pudiera recordarme lo que tenía que decir. La entrada del hospital apareció entre la niebla, iluminada y abierta, y supe que no me quedaba tiempo para ensayar frases ni para esconderme detrás del miedo.

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