La carta que no escribí

Cuando llegamos a la entrada, el traslado ya estaba en marcha y todo parecía moverse demasiado deprisa para un cuerpo que aún se recuperaba. Vi a las enfermeras junto al vehículo, vi las luces encendidas y sentí que el amanecer, que tanto había esperado, se me escapaba entre las manos. Mi padre no me soltó, y yo no aparté los ojos de la parte trasera del vehículo, porque sabía que allí se decidía algo más importante que un horario. Respiré hondo, apreté la pulsera antigua y esperé, con el pecho apretado, a que la puerta terminara de abrirse y me dejara ver lo que temía perder.

En la entrada, una ambulancia de traslado abrió sus puertas traseras y vi el perfil de Ana dentro, con la cabeza apoyada en la ventanilla, mientras la enfermera que la acompañaba empezaba a cerrar la puerta.Parte 13. La pregunta en la entrada

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