La casa que me robaron

Mi abuelo me dijo que actuaríamos con pruebas, no con suposiciones ni con gritos. Yo asentí mientras guardaba las fotos junto a la escritura y el papelito. Al día siguiente volví sola a la calle de la casa, con más calma y distancia. Vi a Camila salir al jardín con una regadera y acomodar las flores con cariño. Por un momento sentí lástima por ella, porque todavía no sabía que yo existía.

Luego vi llegar a Ricardo con más compras, entrar riendo y abrazarla en la puerta. La lástima se mezcló con una rabia que tuve que contener para no gritar. Me quedé detrás de un árbol, con el teléfono listo y la respiración contenida. El sol bajaba despacio y la luz dorada caía sobre la entrada de piedra. La casa parecía un escenario perfecto para una familia construida sobre un fraude.

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