Fuimos de inmediato ante el juez con el contrato falso, el comprobante del anticipo y la escritura original, para pedir la suspensión de la operación antes de que el comprador diera otro paso hacia la mudanza. El juez revisó los papeles, escuchó al abogado mientras el comprador asentía en silencio, todavía tembloroso y sin atreverse a interrumpir, y ordenó suspender la venta y abrir una investigación contra el intermediario que había cerrado el trato con tanta rapidez. Yo sentí un alivio enorme, porque la casa quedaba protegida una vez más, aunque sabía que Ricardo seguiría buscando rendijas por donde colarse. Armando abrazó al comprador y le prometió que recuperaríamos su dinero a través de la justicia, porque nadie debía perder su patrimonio por culpa de un fraude. Salimos del juzgado con la sensación de haber ganado una batalla, pero no la guerra, porque Leo seguía sin aparecer y cada victoria legal se sentía incompleta sin su risa en la casa.
La casa que me robaron