Esa noche, Camila llegó al departamento con una carpeta que había guardado en secreto desde que descubrió la segunda vida de Ricardo y entendió que su embarazo no la protegía de sus mentiras. Dentro había una copia del contrato de venta y una carta escrita a mano en la que Ricardo planeaba culparme a mí si la venta fracasaba, con una frialdad que me heló las manos al leerla. En esa carta, Ricardo decía que yo era inestable, que había inventado la historia de la casa y que él solo intentaba proteger a su familia. Leer esas palabras me dolió más que cualquier insulto dicho en voz alta, porque era la prueba escrita de que estaba dispuesto a destruirme para salvarse a sí mismo y quedarse con todo. Camila me abrazó y me pidió perdón otra vez, con los ojos llenos de lágrimas, mientras yo guardaba la carta como una prueba más para el abogado y para el juez.
La casa que me robaron