El abogado incorporó la carta al expediente esa misma noche y pidió que se investigara a fondo al intermediario, porque su papel era clave para entender cómo Ricardo había llegado hasta el comprador sin levantar sospechas. La policía revisó llamadas, transferencias y registros de la constructora, buscando el hilo que uniera al intermediario con Ricardo y con la casa de Puebla. Pronto encontró un nombre que nos resultó dolorosamente familiar, un nombre que Armando reconoció antes de que el oficial terminara de pronunciarlo. El intermediario era un antiguo empleado despedido por Armando años atrás, un hombre que conocía los movimientos de la empresa, sus sellos y sus formatos, y que guardaba rencor desde su salida. Yo recordé haberlo visto alguna vez en una reunión familiar, sonriendo con falsedad, sin imaginar que años después ayudaría a Ricardo a vendernos la casa que era de mi hijo.
La casa que me robaron