Armando se quedó en silencio al escuchar el nombre, porque entendió que Ricardo había buscado aliados entre las personas que él mismo había dejado atrás. Los policías localizaron al intermediario en un pequeño despacho en las afueras, donde guardaba contratos, sellos y copias de documentos de la constructora como si fueran herramientas de trabajo. Al principio negó todo, dijo que solo había presentado a las partes y que no sabía nada de falsificaciones ni de hipotecas, y sostuvo esa versión con una calma ensayada. Pero cuando le mostraron las transferencias, los mensajes y la carta de Ricardo, su seguridad se derrumbó de golpe y empezó a llorar sin poder sostener la mirada de nadie. Confesó que había recibido dinero por cerrar la venta falsa, que sabía que la firma no era válida y que había aceptado el riesgo por venganza y por necesidad. Yo lo escuché con el corazón encogido, porque cada confesión confirmaba que Ricardo había tejido su fraude con la ayuda de personas dispuestas a mentir por dinero y a callar después.
La casa que me robaron