No dormí aquella noche, porque cada vez que cerraba los ojos veía el nombre de Leo junto al de Ricardo en una reserva de avión, como si mi hijo fuera equipaje y no un niño de tres años. Armando se quedó despierto conmigo, revisando mensajes y llamando a la policía, mientras Camila se sentaba en el sofá con las manos sobre su vientre. A las cuatro de la madrugada, el teléfono volvió a sonar, y el agente nos dijo que habían detenido en el aeropuerto a un hombre con el pasaporte de Ricardo, pero que algo no encajaba en su rostro.
Por la mañana supimos la verdad: el detenido no era Ricardo, sino un cómplice contratado para distraer a las autoridades mientras el verdadero Ricardo vaciaba una cuenta a nombre de Camila. Camila palideció cuando escuchó el nombre del banco y me confesó que Ricardo le había pedido varias veces que firmara papeles sin leerlos, diciéndole que eran trámites de la casa. Yo la abracé, aunque mis propias manos temblaban, y le dije que todavía estábamos a tiempo de detener aquel robo si ella pedía el bloqueo con una denuncia en la mano. Camila asintió, se secó las lágrimas y llamó a su abogado, con la voz rota pero decidida, para autorizar el bloqueo de esa cuenta.