La casa que me robaron

Mientras Camila hablaba con el banco, yo revisé con Armando los mensajes que ella había entregado, y en ellos aparecía con claridad la orden de Ricardo: transferir el dinero esa misma noche, no dejar rastro, no preguntar. Los mensajes tenían la frialdad de un hombre acostumbrado a dar órdenes, y cada línea me recordaba las videollamadas en las que me decía que ni siquiera había comido bien. Guardamos copias de todo, las enviamos a la jueza y al abogado, y sentí que cada mensaje era una prueba más de que Ricardo actuaba con un plan pensado durante meses.

La policía nos informó después que Ricardo planeaba cruzar la frontera por carretera, no por avión, y que el boleto y el cómplice del aeropuerto habían sido solamente una distracción para ganar horas mientras él movía dinero y preparaba documentos falsos. También nos dijeron que había dejado una carta en la casa, escrita con su letra apresurada, en la que culpaba a Armando de la deuda y aseguraba que la hipoteca había sido idea de mi abuelo. Cuando leí aquella carta, con Leo jugando a pocos metros, sentí una rabia fría, porque Ricardo no solo quería quedarse con la casa, sino también manchar el nombre del hombre que me la había regalado. Armando leyó la carta sin decir nada, la dobló despacio y me dijo que la verdad estaba en los papeles.

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