La casa que me robaron

Por la tarde fuimos a la casa de Puebla para recoger algunas cosas de Leo y para comprobar que la puerta reparada seguía cerrada, y el jardín estaba silencioso, con las hojas secas junto a la entrada de piedra. Camila se quedó en el coche, porque no quería volver a entrar en una casa donde había vivido engañada, y Armando me acompañó hasta la puerta con la llave nueva. Todo parecía en orden desde afuera, con los ventanales altos reflejando el cielo gris. Revisamos las habitaciones una por una y no encontramos nada roto, y por un momento pensé que Ricardo nos había dejado en paz.

Volvimos al departamento con Leo, cenamos arroz y frijoles como en los viejos tiempos, pero esta vez sin miedo a que faltara la leche, y Camila se despidió prometiendo llamarme si Ricardo intentaba contactarla. Armando se quedó a dormir otra vez en el sofá, y yo acosté a Leo en su cama pequeña y le canté bajito hasta que su respiración se volvió lenta. Antes de apagar la luz, revisé la puerta dos veces y pensé que quizá podríamos dormir tranquilos. Pero el sueño no llegó pronto, porque cada ruido me hacía abrir los ojos y cada sombra me recordaba que Ricardo seguía libre.

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