La casa que me robaron

Los días siguientes fueron de espera, con el teléfono siempre cerca y con Armando yendo y viniendo entre la constructora y el juzgado, mientras Camila nos avisaba de cada llamada extraña desde casa de su madre. Yo aprovechaba esas horas para estar con Leo, para leerle cuentos y para enseñarle a dibujar la casa con jardín que pronto sería nuestra, y para recordarme que la vida que defendíamos no era solamente una escritura, sino los desayunos tranquilos y las noches sin sobresaltos. Cuando Leo me preguntaba por su papá, yo le decía que estaba resolviendo unos problemas de adultos.

La noticia llegó un jueves, cuando el sol empezaba a bajar y yo estaba preparando la cena con Leo sentado en una silla alta, jugando con una cuchara de madera. Era la policía: Ricardo había sido detenido en un retén carretero, cuando intentaba cruzar hacia la frontera con documentos falsos y con el dinero recuperado en una maleta. Iba solo en el coche, sin Leo, sin Camila y sin cómplices que pudieran distraer a los agentes, y cuando le pidieron sus papeles no supo explicar ni su nombre falso ni el origen del dinero. Armando lloró al escucharme contarlo, y yo sentí que algo dentro de mí, que llevaba meses apretado, por fin se aflojaba.

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