El juicio se resolvió con la rapidez que da la evidencia acumulada, porque ya no quedaban dudas ni coartadas que sostener. El juez anuló la hipoteca por falsificación y condenó a Ricardo por fraude, por falsificación y por bigamia. También confirmó que la casa pertenecía a Leo y a mí, que era el patrimonio que mi abuelo nos había dejado hacía dos años y que ninguna amenaza podía arrebatarnos. Escuché la sentencia con Leo en mis brazos, con Armando a mi lado y con Camila unas filas atrás, y lloré en silencio, no de tristeza, sino de alivio.
Después de la sentencia, Camila me buscó en el pasillo del juzgado, con los ojos llenos de lágrimas y con la pulsera de mi madre envuelta en un pañuelo blanco, y me la entregó con las dos manos, como quien devuelve algo sagrado. Me pidió perdón con la voz sincera de quien ha entendido el daño, y me dijo que se marchaba para criar a su hijo lejos de las mentiras de Ricardo, en casa de su madre. Yo la abracé, le dije que no le guardaba rencor y que su hijo merecía una madre libre, y ella me sonrió entre lágrimas antes de irse, con la mano sobre su vientre.