Trevor miró las paredes y los cuadros que siempre había mostrado con orgullo y comprendió que todo había sido un decorado sostenido por su vanidad y pagado por su madre. La casa que debía demostrar que era un hombre importante se estaba convirtiendo, ante sus propios ojos, en un lugar vacío que ya no le pertenecía. Kristen no se quedó a discutir el pasado, porque su siguiente paso estaba claro. Subió a la habitación, abrió los armarios y empezó a guardar su ropa en maletas grandes, con la eficacia con la que antes organizaba fiestas. No lloró ni pidió perdón, sino que revisó sus joyas, sus bolsos y sus documentos como quien recoge las piezas de un juego que ya no quiere jugar. Trevor la observó desde la puerta, sin ayudarla ni detenerla.
El sonido de las cremalleras cerrándose se mezcló con el eco de la casa, y cada maleta que quedaba lista parecía llevarse una parte de la vida que él había creído real. Cuando Kristen bajó con las maletas, el coche de lujo ya la esperaba fuera como un símbolo de la vida que no estaba dispuesta a abandonar. Se despidió sin abrazarlo y sin ofrecerle una frase de consuelo, porque su salida no era una pausa, sino una decisión. Trevor se quedó de pie en la entrada, viendo cómo el coche se alejaba por River Oaks, y sintió que el silencio era más pesado que cualquier discusión. Él cerró la puerta despacio, no porque quisiera quedarse, sino porque todavía no sabía adónde ir.