La desesperación no llegó a Trevor de golpe, sino que se fue instalando despacio en las noches siguientes a la demanda que Kristen dejó sobre la mesa del comedor, reclamando la mitad de unos bienes que él ya no poseía. Sin esposa, sin casa y con la vergüenza pública creciendo a su alrededor, empezó a pensar en las cosas personales que había dejado atrás entre cajas, papeles y habitaciones que ya no controlaba. No eran joyas, sino fotografías antiguas, documentos de su padre y cartas que yo le había guardado desde su infancia, y temía perderlas para siempre si Alonso cambiaba las cerraduras o vaciaba la casa por completo. Esa idea, que al principio le pareció un impulso triste, fue creciendo hasta convertirse en un plan que él mismo se repetía como si fuera razonable. Decidió entrar de noche en la antigua mansión, no para robar ni para vengarse, sino para recuperar lo que creía que todavía le pertenecía por derecho de memoria.
La casa que nunca fue suya