Trevor conocía la casa mejor que nadie, porque durante cinco años había vivido en ella como si fuera su reino, y esa familiaridad le dio una falsa sensación de seguridad. Sabía dónde estaban las cámaras, qué puerta hacía menos ruido y a qué hora la calle quedaba más silenciosa, y utilizó ese conocimiento como si todavía fuera el dueño del lugar. Llegó a River Oaks cuando la noche ya había cubierto las casas vecinas y las luces de los jardines parecían pequeñas y lejanas, y aparcó a cierta distancia para no llamar la atención. Caminó despacio hacia la entrada, diciéndose a sí mismo que solo tardaría unos minutos y que nadie notaría su presencia. Pero la casa ya no lo reconocía como antes, y la cerradura, la alarma y el nuevo propietario formaban ahora una frontera que él no podía cruzar sin consecuencias.
La casa que nunca fue suya