La sala de mediación era pequeña, sobria y silenciosa, muy distinta de la mansión donde todo había empezado. Había una mesa larga de madera, sillas sin lujo, una jarra de agua y una carpeta gruesa con los documentos de Cedarline Capital que yo había llevado como quien lleva pruebas, no armas. Trevor se sentó a un lado, con traje sencillo y las manos todavía marcadas por el trabajo, sin mirar a Kristen más de lo necesario. Alonso Reyes estaba presente con su abogado, tranquilo, porque no tenía nada que esconder y porque su compra había sido limpia desde el primer día. Kristen llegó con su abogado, seria y elegante, como si la elegancia pudiera sustituir a la verdad.
El juez comenzó revisando la venta con paciencia, documento por documento, sin dejarse impresionar por apellidos ni por historias familiares. Leyó la escritura a nombre de Cedarline Capital, el contrato de la sociedad donde yo figuraba como única propietaria y los comprobantes del pago al contado que hice cinco años antes. Preguntó quién había pagado los impuestos, quién había firmado los mantenimientos y quién aparecía en cada registro oficial, y en cada respuesta el nombre de Trevor brillaba por su ausencia. No había ambigüedad, ni promesa escrita, ni transferencia que sostuviera su reclamación, solo años de vivir en una casa que nunca fue suya.