El abogado de Trevor, después de escuchar aquella revisión, reconoció con honestidad profesional que la demanda no tenía fundamento. Admitió que no existía escritura a favor de su cliente, ni contrato de donación, ni pago realizado por Trevor, ni documento firmado por mí que le concediera derecho alguno sobre la propiedad. La posesión durante cinco años, explicó el juez con claridad, no crea propiedad cuando la titularidad está perfectamente documentada a nombre de otra persona. Trevor asintió en silencio, sin discutir, porque ya había aprendido en la obra que hay órdenes y hechos que no se negocian con orgullo.
Entonces el juez declaró, sin rodeos, que la venta a Alonso Reyes era irrevocable. Dijo que la transacción se había realizado conforme a la ley, con un comprador de buena fe, un precio pagado y una entrega formal, y que ningún arrepentimiento posterior podía deshacerla. Alonso respiró con alivio, pero sin triunfalismo, y yo sentí una calma profunda, no alegría, porque la justicia no me devolvía la noche de las bofetadas, solo confirmaba lo que los papeles ya decían desde el principio. La mansión, por fin y para siempre, quedaba fuera de la disputa, y Trevor lo entendió sin necesidad de que nadie se lo repitiera.