Trevor dio un paso adelante y, por primera vez delante de Kristen, dijo con claridad que él había sido el agresor y que ningún video editado iba a cambiar eso. Le recordó que ella estuvo allí, sonriendo, mientras él me golpeaba, y que ahora pretendía vender una versión en la que yo era la culpable para cobrar por su silencio. Su voz no era fuerte, pero era firme, y en ese momento entendí que el trabajo, el cansancio y las mañanas frías le estaban devolviendo algo que el dinero nunca le dio. Kristen lo miró con desprecio, como si su dignidad recién estrenada fuera un capricho pasajero, y volvió a dirigirse a mí porque sabía que la decisión final, como siempre, pasaba por mis manos.
No le respondí con insultos ni le prometí nada, porque sabía que cualquier palabra apresurada podía usarse en su contra y en la mía. La dejé hablar, observé al abogado, guardé en mi memoria cada detalle de su propuesta y esperé a que ella misma pusiera el precio sobre la mesa. Kristen bajó las gafas, me miró fijamente y, con la seguridad de quien cree tener el control de la historia, pronunció la exigencia que llevaba preparada desde que llegó a la obra. «Doscientos mil dólares antes del viernes, Gloria, o ese video estará en todas partes»Parte 12. La pregunta del juez