Hice entonces preguntas precisas sobre los once millones de deuda, los dos embargos y la garantía personal de su hijo, con la calma de quien lee un expediente que conoce bien. Le pregunté cómo pensaba atender los vencimientos inmediatos, qué activos respaldaban realmente el proyecto y por qué los trabajadores de Briarwood llevaban semanas sin cobrar si la oportunidad era tan segura. Le pregunté también por qué los costos aparecían inflados en el libro de obra y por qué existían partidas firmadas que no correspondían a trabajos ejecutados, sin revelar todavía de dónde había obtenido esa información. El padre cambió de postura, su sonrisa se hizo más tensa y sus respuestas se llenaron de generalidades, de culpas a proveedores y de promesas de regularización sin fechas.
Arturo no estaba en la reunión al principio, y su ausencia se notaba en la manera en que su padre intentaba ocupar todo el espacio, como si pudiera firmar un acuerdo con su sola presencia. Intentó cerrar un compromiso verbal antes de que yo pidiera la documentación completa, hablándome de confianza, de familia y de una ventana de oportunidad que, según él, no volvería. Me dijo que un apretón de manos bastaría para empezar y que los papeles podían ordenarse después, una propuesta que, con dos embargos en trámite, sonaba menos a confianza y más a urgencia. Le respondí con firmeza que en Northbridge no cerrábamos compromisos verbales sobre deudas de esa magnitud, y que cualquier evaluación exigiría auditoría, estados financieros completos y el detalle de cada embargo. El padre insistió, y yo reconocí la misma prisa de cada mensaje de Arturo.