La dueña

El padre intentó entonces cambiar el enfoque y hablar de mí como si yo fuera una consultora externa que podía recomendar una operación, no la persona que tenía la última palabra en esa sala. Me preguntó por mi experiencia, por mis contactos y por si conocía a inversores interesados, como si mi papel fuera el de intermediaria y no el de propietaria. Respondí con preguntas todavía más concretas sobre flujos de caja, garantías reales y el destino exacto de cualquier fondo nuevo. Cada respuesta suya volvía a tropezar con la misma ausencia de respaldo. El padre, por primera vez, dejó de sonreír y empezó a mirar la puerta, como si esperara que alguien llegara a rescatar la negociación.

Mientras la discusión continuaba, repasé el camino que me había llevado hasta esa mesa, desde la puerta entreabierta del salón privado hasta las obras detenidas de Briarwood, pasando por la carpeta, la propuesta fechada dos semanas antes de conocernos y el libro de obra con partidas falsas. Pensé en los seis meses en los que Arturo me llamó sencilla, en la noche en que su madre me miró el vestido negro y en cada mensaje en el que me pidió firmar cuanto antes, y sentí que aquella reunión no era una venganza, sino una corrección. Marcos me confirmó en una nota discreta que ningún compromiso se había asumido. La sala, que al principio le pertenecía por costumbre, empezaba a pertenecerme por derecho, aunque él todavía no lo supiera.

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