Doña Amalia la miró con mucho respeto, como si fuera un documento importante.
“Aquí falta algo”, dijo.
Lucas bajó la cabeza.
“Ya lo sé.”
“No. No me refiero a más nombres.”
Entonces tomó un lápiz verde.
“Faltan raíces.”
Dibujó unas líneas bajo el árbol.
Largas.
Firmes.
Profundas.
“Las raíces no siempre se ven”, dijo. “Pero son las que sostienen.”
Lucas tragó saliva.
“¿Puedo ponerla a usted?”
Doña Amalia dejó el lápiz sobre la mesa.
Se le movió un poco la barbilla.
“Si tú quieres.”
“Pero no eres mi abuela.”
“Eso depende de lo que entiendas por abuela.”
Lucas pensó unos segundos.
“Alguien que te guarda un trozo de pastel.”
Doña Amalia soltó una risa pequeña.
La primera risa real que le escuché.
“Entonces sí. Puedo aprender.”
Esa tarde Lucas escribió su nombre en una de las raíces.
Doña Amalia.