“Las plantas pequeñas no se aprietan”, explicó. “Se les deja sitio.”
Lucas tocó la tierra con cuidado.
“¿Y si se rompe?”
“Entonces se cuida más despacio.”
Yo me quedé a un lado, mirando.
No quería interrumpir.
Doña Amalia no hablaba como una maestra.
Hablaba como alguien que había sobrevivido a cosas que no nombraba, pero que sabía traducirlas en gestos simples.
Lucas metió la cucharilla en la tierra.
“En el colegio nos mandaron hacer un árbol familiar.”
“Ah”, dijo ella.
“Mi árbol tiene pocos nombres.”
Doña Amalia se sentó despacio.
“Los árboles no se miden por la cantidad de ramas.”
Lucas la miró.
“¿Entonces por qué se miden?”
“Por la sombra que dan.”
El niño se quedó pensando.
Yo también.
Porque esa frase era de esas que no hacen ruido, pero se quedan dentro.
Lucas sacó la hoja arrugada de su mochila y se la enseñó.