Casi me reí, pero no pude.
Tenía razón.
Los adultos usamos frases bonitas para tapar agujeros que no sabemos mirar de frente.
En ese momento sonó el timbre.
Lucas se sobresaltó.
Yo abrí.
Doña Amalia estaba en la puerta con una maceta de barro entre las manos.
Era pequeña, sencilla, con tierra oscura y una plantita apenas nacida.
“Vengo a cumplir lo prometido”, dijo.
Lucas apareció detrás de mí.
Sus ojos fueron directos a la maceta.
“¿Es para la silla?”
Doña Amalia asintió.
“Para la silla. Para la mesa. Para donde tú decidas.”
Fuimos los tres al patio.
El mismo patio donde el día anterior se había hecho aquel silencio tan feo.
La mesa seguía allí.
Las sillas también.
Pero ahora parecía otro lugar.
Doña Amalia colocó la maceta sobre la mesa y le dio a Lucas una cucharilla vieja.