Él miró por la ventana todo el camino, como si Valladolid entera le quedara demasiado grande.
Al llegar a casa, dejó la mochila en el suelo del recibidor y me dio la hoja.
Era una tarea del colegio.
“Mi árbol familiar.”
Había un árbol dibujado, con huecos para poner nombres.
Madre.
Padre.
Abuelos.
Tíos.
Primos.
Lucas había escrito mi nombre.
Y luego había dejado muchos espacios vacíos.
“Los demás tenían un montón”, dijo, sin mirarme. “Yo no sabía dónde poner a nadie.”
Sentí otro golpe en el pecho.
No porque nuestro árbol fuera pequeño.
Sino porque alguien le había enseñado a Lucas que un árbol pequeño parecía menos árbol.
Me arrodillé frente a él.
“Tu árbol no está mal.”
“Está vacío.”
“No. Está creciendo.”
Lucas frunció la boca.
“Eso dicen los adultos cuando algo está mal.”