Tomó una hoja nueva y dibujó otra silla.
Pero esta vez no la dejó vacía.
Dibujó encima una maceta.
Y al lado escribió:
“Reservado para gente que cuida.”
Mi hermana empezó a llorar.
No de forma escandalosa.
Solo se tapó la boca con la mano.
Doña Amalia, que había llegado hacía un rato con una bolsa de magdalenas caseras, lo vio desde la puerta del patio.
No dijo nada.
Pero sonrió con los ojos.
Pasaron dos semanas.
No todo se arregló de golpe.
Lucas siguió preguntando algunas noches:
“¿Tú estás segura de que soy para siempre?”
Y yo seguí respondiendo:
“Sí. Incluso cuando lo preguntes mil veces.”
A veces venía a mi cama de madrugada.
No lloraba.
Solo se quedaba de pie junto a la puerta, abrazado a su peluche viejo.
Yo levantaba la manta.
Él se metía a mi lado.
Y no hablábamos.